lunes, 20 de abril de 2026

Despedida y recuerdo (spleen)



 Finalizaban los dorados años noventa. Yo salía de mi sesión de psicoanálisis en Viamonte y Callao con esa mezcla de liviandad y desorden interior que dejan las palabras recién dichas. Mi pequeño ritual consistía en caminar hasta Clásica y Moderna y sentarme a tomar un café, como quien prolonga una conversación consigo misma.

Aquella tarde del 27 de noviembre de 1997 tenía una luz especial: brillante, tibia, anticipando un verano que ya se insinuaba en el aire porteño. Entré, como tantas otras veces, a la librería-café. Allí siempre podía ocurrir algo: una charla inesperada, un rostro conocido, o el piano suavemente acariciado por una pianista anónima que esa vez me regaló Según pasan los años, mientras yo despedía mis 37 con cierta melancolía feliz.

Noté enseguida que una parte del salón estaba reservada. Me acomodé en una mesa pequeña cerca de la puerta y, casi sin proponérmelo, mi mirada se detuvo en Eduardo Bergara Leumann, dos mesas delante. Más tarde supe que se celebraba el cumpleaños de Julia Constela, viuda de Pablo Giussani. El lugar comenzaba a transformarse en escena.

Los invitados fueron llegando lentamente, como si cada entrada tuviera su propio tempo teatral. De pronto apareció el expresidente Raúl Alfonsín, acompañado por su custodia. Su presencia generaba un respeto silencioso, una pausa natural en el murmullo del café.

Entre quienes lo acompañaban estaba Daniel Tardivo, jefe de custodia, a quien yo conocía del municipio de Vicente López, donde había trabajado algunos años. En aquellos pasillos tuve el privilegio de intercambiar saludos afectuosos con Alfonsín y de descubrir en Tardivo a un hombre amable, conversador, de esos que dejan huella sin proponérselo. Con el tiempo hasta compartimos una complicidad mínima y entrañable: saludarnos cada cumpleaños, ambos escorpianos.


Esa tarde, Daniel se acercó a mi mesa y se sentó unos minutos mientras vigilaba discretamente todo a su alrededor. Entonces ocurrió el pequeño milagro de los encuentros inesperados: se acercó Luis Brandoni para saludarlo y Daniel, con naturalidad, me presentó.

Yo ya lo había visto varias veces  a Brandoni en la librería Gandhi de la calle Corrientes. No siempre parecía dispuesto al saludo; tal vez los actores también necesitan refugiarse del mundo cuando bajan del escenario. Pero allí, en ese instante íntimo y casual, conocí al hombre detrás del personaje.

Hoy, al recordarlo, no pienso solo en un actor famoso, sino en un artista coherente, comprometido con su tiempo, que eligió volver al país cuando tantos habían sido expulsados por el exilio durante la dictadura. Un hombre cuya trayectoria atraviesa generaciones y memorias.

Toda su obra merece ser celebrada, pero vuelvo especialmente a su presencia en la serie Nada y a la película El cuento de las comadrejas, donde compartió escena con figuras enormes como Graciela Borges, Óscar Martínez y Marcos Mundstock.

Recuerdo también que aquella reunión reunía otras presencias inolvidables: entre ellas estaba Ernesto Sabato. Pero esa historia quedará para otra página.

Hoy despedimos a un grande del cine, del teatro y de la televisión argentina.

Y mientras lo hago, vuelvo mentalmente a aquella mesa, al aroma del café, al piano sonando de fondo y a esa certeza silenciosa de que, a veces, la historia pasa delante nuestro sin hacer ruido.

Patricia 

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