Ceferina se sobresaltó. Se
sentó, confundida, en el catre.Por la luz, debería ser tarde.Justo
hoy se había quedado dormida. Cada sábado visitaba, el cementerio.Era un ritual.Comenzó a levantarse. Mientras se
vestía pensaba en él.El era Gumersindo Zapiola, su hombre.
Manejaba el hacha como nadie. Su rostro ,eternamente hostil ,se
tensaba al ritmo de su cuerpo musculoso , del mismo color de las
hojas secas en el otoño.Transcurría un verano impiadoso ,
recalcitrante.Preparó el mate.Ceferina se había
acostumbrado a tomar mates amargos cuando se juntó con el
Gumersindo.A él le gustaban amargos.Se sentó en un banquito.Todavía no
terminaba de despertarse. La semana había sido dura. Limpiar casas a
la mañana y trabajar en la fábrica de camisas , hasta tarde, era mucho para
ese cuerpo menudo. Nadie pensaba que Ceferina solamente había
cumplido 25 años. El primer cumpleaños sin el hombre, el único
que había querido , desde los 13 años. Todos le daban más edad de
la que tenía , pensaba en el más absoluto silencio de la calurosa
casilla. Pero ya juntaria dinero para alquilar algo mejor. Y podría
ir al colegio de noche para terminar de aprendr a leer y escribir.Buscó
un solero que le quedaba grande.Tendría que achicarlo. Entre cada
mate amargo, la figura de Gumersindo la perseguía. No podía
olvidarlo. .Gumersindo sí que sabía, sin
afecto, sin gestos, sin palabras...sofocar el torrente de calor que
le recorría el cuerpo cada vez que él la hacía suya y con sus
besos , calmaba la sed de sus labios eternamente resecos.El sabía hacer que ella se sintiese
mujer. Su hembra, le decía, con voz ronca, cuando recién se juntaron.Ese era un hombre, repetía en silencio
Ceferina, mientras, atravesaba la siesta desnuda y calcinante,
salpicada de cruces irregulares. Entre sus manos, un ramo de flores
plásticas .Las había comprado el día anterior. Menos mal, hablaba
Ceferina sin romper el silencio. Las había elegido en el bazar del
Ñato y eran las que más le habían gustado.Lástima que al Gumersindo le gustaban
tanto las mujeres! Ella siempre perdonaba. Para sus adentros.Hasta
algún que otro sopapo que se había ligado.Siempre lo perdonaba en
silencio.No, no había hombre como él pensaba
mientras apuraba el paso. Ni habría ... Siempre lo esperaba. Comida
caliente. Ropa limpia y planchada. Siempre mansa y resignada .Como a
él le gustaba . Y fue aquella noche .La de la
tormenta. Él se bañó y se puso la ropa recién planchada. Qué
hermoso era su hombre. Agarró la bicicleta y se perdió en la noche
lluviosa bajo un cielo plagado de refucilos. Nunca más lo vio vivo.Las mujeres lo habían hecho perder la cabeza. Habían
llevado su hombre a la muerte. Se detuvo en el lugar donde las tumbas
comenzaban a confundirse con el horizonte. Allí , donde no hay
mármoles caros, brillantes bronces ni rosas frescas, Acomodó las
flores plásticas en un frasco de mayonesa vacío. Se hizo la señal
de la cruz. Como siempre se preguntaba en silencio por qué ella no
le dijo a Gumersindo que esa noche se quedara. No se atrevió a
emitir sonido, como de costumbre.Se encaminó hacia la salida del
cementerio, como todos los sábados , desde que a Gumersindo lo
atropelló un camión y a ella, se le fue la vida.
Puta! Si lo había querído. Aún lo quería.
Se apuró para llegar a su casa. Tenía
tiempo para bañarse y arreglarse un poco. Ahora que el José , le
arrastraba el ala, las cosas eran distintas. Tomaban mate dulce ,
como a ella le gustaba, a la tardecita en el patio, debajo del
limonero, cuando él volvía de changar.Se quedaban conversando hasta
que la luz era un hilo tenue ,el aire olía a hierba y comenzaban
a rondar las luciérnagas.
Al José le gustaba salir los fines de semana con ella. Que por la tarde se cambiara se, pusiera una cinta en el pelo y un poco de perfume que le había regalado. La tomaba por el hombro o de la mano. Ella se dejaba llevar , hasta el pueblo, mientras seguían conversando.Era bueno el José, pensaba mientras sus pasos dejaban atrás el cementerio.Pero como Gumersindo Zapiola ,ninguno. El sí , era un hombre.
Puta! Si lo había querído. Aún lo quería.
Se apuró para llegar a su casa. Tenía
tiempo para bañarse y arreglarse un poco. Ahora que el José , le
arrastraba el ala, las cosas eran distintas. Tomaban mate dulce ,
como a ella le gustaba, a la tardecita en el patio, debajo del
limonero, cuando él volvía de changar.Se quedaban conversando hasta
que la luz era un hilo tenue ,el aire olía a hierba y comenzaban
a rondar las luciérnagas.Al José le gustaba salir los fines de semana con ella. Que por la tarde se cambiara se, pusiera una cinta en el pelo y un poco de perfume que le había regalado. La tomaba por el hombro o de la mano. Ella se dejaba llevar , hasta el pueblo, mientras seguían conversando.Era bueno el José, pensaba mientras sus pasos dejaban atrás el cementerio.Pero como Gumersindo Zapiola ,ninguno. El sí , era un hombre.
PatriciaCe
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