domingo, 4 de octubre de 2015

Rituales

Ceferina se sobresaltó. Se sentó, confundida, en el catre.Por la luz, debería ser tarde.Justo hoy se había quedado dormida. Cada sábado visitaba, el cementerio.Era un ritual.Comenzó a levantarse. Mientras se vestía pensaba en él.El era Gumersindo Zapiola, su hombre. Manejaba el hacha como nadie. Su rostro ,eternamente hostil ,se tensaba al ritmo de su cuerpo musculoso , del mismo color de las hojas secas en el otoño.Transcurría un verano impiadoso , recalcitrante.Preparó el mate.Ceferina se había acostumbrado a tomar mates amargos cuando se juntó con el Gumersindo.A él le gustaban amargos.Se sentó en un banquito.Todavía no terminaba de despertarse. La semana había sido dura. Limpiar casas a la mañana y trabajar en la fábrica de camisas , hasta tarde, era mucho para ese cuerpo menudo. Nadie pensaba que Ceferina solamente había cumplido 25 años. El primer cumpleaños sin el hombre, el único que había querido , desde los 13 años. Todos le daban más edad de la que tenía , pensaba en el más absoluto silencio de la calurosa casilla. Pero ya juntaria dinero para alquilar algo mejor. Y podría ir al colegio de noche para terminar de aprendr a leer y escribir.Buscó un solero que le quedaba grande.Tendría que achicarlo. Entre cada mate amargo, la figura de Gumersindo la perseguía. No podía olvidarlo. .Gumersindo sí que sabía, sin afecto, sin gestos, sin palabras...sofocar el torrente de calor que le recorría el cuerpo cada vez que él la hacía suya y con sus besos , calmaba la sed de sus labios eternamente resecos.El sabía hacer que ella se sintiese mujer. Su hembra, le decía, con voz ronca, cuando recién se juntaron.Ese era un hombre, repetía en silencio Ceferina, mientras, atravesaba la siesta desnuda y calcinante, salpicada de cruces irregulares. Entre sus manos, un ramo de flores plásticas .Las había comprado el día anterior. Menos mal, hablaba Ceferina sin romper el silencio. Las había elegido en el bazar del Ñato y eran las que más le habían gustado.Lástima que al Gumersindo le gustaban tanto las mujeres! Ella siempre perdonaba. Para sus adentros.Hasta algún que otro sopapo que se había ligado.Siempre lo perdonaba en silencio.No, no había hombre como él pensaba mientras apuraba el paso. Ni habría ... Siempre lo esperaba. Comida caliente. Ropa limpia y planchada. Siempre mansa y resignada .Como a él le gustaba . Y fue aquella noche .La de la tormenta. Él se bañó y se puso la ropa recién planchada. Qué hermoso era su hombre. Agarró la bicicleta y se perdió en la noche lluviosa bajo un cielo plagado de refucilos. Nunca más lo vio vivo.Las mujeres lo habían hecho perder la cabeza. Habían llevado su hombre a la muerte. Se detuvo en el lugar donde las tumbas comenzaban a confundirse con el horizonte. Allí , donde no hay mármoles caros, brillantes bronces ni rosas frescas, Acomodó las flores plásticas en un frasco de mayonesa vacío. Se hizo la señal de la cruz. Como siempre se preguntaba en silencio por qué ella no le dijo a Gumersindo que  esa noche se quedara. No se atrevió a emitir sonido, como de costumbre.Se encaminó hacia la salida del cementerio, como todos los sábados , desde que a Gumersindo lo atropelló un camión y a ella,  se le fue la vida.
Puta! Si lo había querído. Aún lo quería.Se apuró para llegar a su casa. Tenía tiempo para bañarse y arreglarse un poco. Ahora que el José , le arrastraba el ala, las cosas eran distintas. Tomaban mate dulce , como a ella le gustaba, a la tardecita en el patio, debajo del limonero, cuando él volvía de changar.Se quedaban conversando hasta que la luz era un hilo tenue ,el aire olía a hierba y comenzaban a rondar las luciérnagas.
Al José le gustaba salir los fines de semana con ella. Que por la tarde se cambiara se, pusiera una cinta en el pelo y un poco de perfume que le había regalado. La tomaba por el hombro o de la mano. Ella se dejaba llevar , hasta el pueblo, mientras seguían conversando.Era bueno el José, pensaba mientras sus pasos dejaban atrás el cementerio.Pero como Gumersindo Zapiola ,ninguno. El sí , era un hombre.
PatriciaCe







Picture Salvador Dalí

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